Resulta casi imposible referirse al primer desembarco musulmán en tierras andaluzas en el año 711 sin mencionar la leyenda de la traición o venganza —o ambas cosas, según se mire— del conde Don Julián a Don Rodrigo, monarca del reino visigodo de Toledo. Desde la Estoria de España, impulsada por el rey Alfonso X el Sabio en el siglo XIII, hasta Las Crónicas Sarracenas (1430) de Pedro del Corral, pasando por el Romancero Viejo de los siglos XV y XVII, las alusiones y referencias al que fuera en aquel entonces gobernador de Septem (hoy Ceuta) no han pasado desapercibidas para los historiógrafos.
Don
Julián, cuenta la leyenda, tenía una hija muy bella en edad de merecer llamada
Florinda, que habría sido seducida y ultrajada por el rey Don Rodrigo, inmerso
en aquella época en una guerra intestina con el hijo de su predecesor, Agila
II. Esta controversia sobrevino en el año 710 a la muerte del padre de este
último (el rey Witiza), cuando Don Rodrigo se impuso al nombramiento de Agila
II gracias a "la nobleza en colaboración con el alto clero y siguiendo el canon
75 del IV concilio toledano", según detalla el historiador vallisoletano José
Ignacio de la Torre Rodríguez en Breve Historia de la Reconquista
(2018).
Movido
por la venganza y alentado por los enemigos de Don Rodrigo, entre los que se
encontraban los despechados hijos de Witiza, el conde Don Julián traicionó a la
Hispania visigótica facilitando la invasión musulmana en el año 711 con unos
siete mil hombres del Califato Omeya al mando de Tariq ibn Ziyad en lo que hoy
se conoce como Gibraltar (y a quien se debe su nombre). Don Rodrigo atacó a las
fuerzas invasoras e hizo todo lo que pudo días después en la batalla de
Guadalete, pero sin éxito, como atestiguan los casi ocho siglos de presencia
musulmana en la península ibérica desde aquel fatídico 711.
En
realidad, era el tercer intento, pues ya había habido otras incursiones en años
anteriores, algunas repelidas por las tropas peninsulares. Una de ellas ocurrió
justo dos años antes, pergeñada por el traidor y vengativo conde, cuando sus
hombres obtuvieron un gran botín que mostraron a los musulmanes como prueba de
las altas expectativas que ofrecían aquellas tierras andaluzas. Quizás la
incursión más célebre, o al menos la más recordada históricamente, sea la del
desembarco de unos cuatrocientos hombres a cargo de Tarif abu Zara en lo que
hoy es Tarifa (de ahí su nombre) en el año 710, aunque pospusieron la
organización de una invasión mucho mayor para un año más tarde, como así fue.
La Reconquista culminó en el año 1492 con la toma de Granada. El 2 de enero de aquel año, la ciudad nazarí presenciaba la triunfal entrada de las tropas castellanas. El último bastión musulmán, regido por Boabdil, sucumbía a la España de los Reyes Católicos. Según la tradición, unos días más tarde, el último rey moro entregaba en mano las llaves de la ciudad a Fernando de Aragón. Cuenta la leyenda que, al abandonar la tierra granadina, Boabdil se echó a llorar en el camino y su madre le espetó: "Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre".
Al
repasar brevemente nuestra historia (y sus leyendas) en el intento de
extrapolarla a acontecimientos de nuestros días —tarea no exenta de alto
riesgo—, es fácil caer en la trampa de los paralelismos cíclicos y concluir
erróneamente que la historia es un ente asociado inexorablemente al
determinismo. Comparar el contexto de una invasión militar en el siglo VIII
(con ejércitos cruzando el estrecho) y la Reconquista con las políticas
migratorias en una democracia del siglo XXI es un salto ilógico y descomunal.
No es, desde luego, esa la razón de estas pinceladas históricas y espero que
también pedagógicas en un tiempo en el que en los institutos, en los colegios e
incluso en las universidades españolas se desdeñan las motivaciones históricas
por criterios estrictamente ideológicos.
Reescribir
la historia desde el fundamentalismo ideológico es y ha sido siempre puesto en
práctica por las pequeñas, pero obstinadas mentes de cierto izquierdismo
radical de tufo sectario o de nacionalismos trasnochados, cuyo objetivo es
idénticamente el mismo que persigue el fundamentalismo religioso: reinventar la
historia y ponerla de su lado; aunque, a decir verdad, el revisionismo
histórico y el abuso instrumental de la historia con fines propagandísticos no
son ni han sido únicamente exclusivos de un determinado signo político. En este
sentido, coincido con el historiador Keith Jenkins, para quien «el pasado ya no
existe y la historia es solo una construcción ideológica y narrativa del
presente».
Sin embargo, lo cierto es que a lo largo y ancho de la historia ha habido siempre motivaciones de diferente índole que, sin duda, son innatas al ser humano: la traición, la venganza, la ambición, la corrupción, las invasiones territoriales, las guerras intestinas e incluso el trasfondo de amoríos no consentidos. No en vano, Florinda, la hija de Don Julián, lleva el sobrenombre de "la Cava", palabra de procedencia árabe que, según Menéndez Pidal, es una acepción peyorativa equivalente a prostituta.
Si
hablamos de prostitución o de proxenetas asociados al poder político, las
analogías históricas con nuestro tiempo son más que evidentes. Creo que no hace
falta recordar de dónde viene, por ejemplo, el actual presidente del Gobierno
de España: un "hideputa", que diría Cervantes, y beneficiario de lo
prostibulario. Es el hijo de la noche a quien la historia de España le tiene
reservadas sus páginas más negras y unos cuantos apodos más: además de traidor
y cobarde, y alguno más de última hora que se gane a pulso, que lo habrá.
A
la hora de trazar estas y otras analogías de nuestra historia, coincidentes o
no, y salvando las circunstancias del contexto histórico con los hechos
ocurridos en Ceuta y Melilla, no sabría qué personaje histórico se corresponde
más con las “virtudes” del acaudillado Sánchez. No tengo muy claro si quedarme
con el ánimo vengativo y traidor del conde Don Julián, con la actitud del
indefenso Boabdil o, por qué no, con la personalidad e idiosincrasia de ambos;
aunque alguna pieza que no parece figurar históricamente en ninguno de los
anteriores se echa en falta, sobre todo en el ámbito de la psiquiatría.
Con
respecto al primero, Sánchez comparte la traición a España como modus
vivendi y la venganza como modus operandi. No olvidemos con qué
calaña se ha asociado para gobernar y cuál es su fin común: la demolición de la
España democrática mediante la deslegitimación del consenso del 78. En otras
palabras: la venganza a la España democrática. Y si para ello es necesario
vender su alma al diablo, traicionar al pueblo español y no defender nuestras
fronteras de una avalancha que superó los 70.000 súbditos marroquíes, se queda
tan pancho y le importa un pimiento la soberanía territorial de España y el
artículo 116 de la Constitución. Él no asume ninguna responsabilidad: la culpa
recae sobre una sentencia del Tribunal Supremo y santas pascuas. ¿No habrá
tenido tiempo para revisarla y legislarla de nuevo con un procedimiento de urgencia
o por Real Decreto, como tanto le gusta? ¿Cómo es posible que los servicios de
inteligencia españoles, con el CNI a la cabeza, no le informaran al gobierno de
lo que se estaba gestando al otro lado de la frontera? ¿Qué o quién está detrás
de esta invasión?
Posiblemente
el detonante de esa operación tenga que ver con la reciente visita a Argelia
del presidente de Gobierno. No lo sabemos. Tal vez, la inoperancia del gobierno
esté relacionada con Pegasus; con esa trama de espionaje político del gobierno
y de sus instituciones de la que tampoco sabemos nada. En cualquier caso, lo
más cómo y útil para los intereses de su Sanchez y, sobre todo, para la lógica
de su modus operandi era traicionar a España al modo más “donjulianesco”.
Con respecto a Boabdil, la analogía se nos antoja más problemática, pues es difícil que la madre que le parió le haya encerrado en una habitación de La Mareta y le haya espetado: «Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre». Más bien le imaginamos escondido cobardemente en dicho palacio, redactando una carta a la UE y subrayando el egoísmo de ciertos países en cuestiones tan espinosas como la inmigración ilegal. La solución —la suya, claro— pasa por la regularización masiva de inmigrantes ilegales para que dejen de serlo, pues no olvidemos que ya cuenta con sus votos de cara al futuro. Pero si en algo podemos observar alguna analogía con el último rey moro, quizás sea en esa indefensión impostada y tan pueril que exhibe y con la que denota otra de sus artimañas: la victimización.
Indudablemente, no podemos extrapolar analogía alguna con Boabdil o con la leyenda de Don Julián desde el ámbito estricto de la psiquiatría. Desconocemos de ambos su inestabilidad mental, emocional y psicológica a través de las crónicas. Tampoco somos forenses para determinar el cuadro clínico del presidente del Gobierno. No hay un diagnóstico oficial que apunte a un trastorno psicológico, aunque sí ha habido algunos especialistas de la psiquiatría que han señalado en su personalidad una falta de empatía y una deformación de su juicio. Los hay más atrevidos que apuntan a un trastorno psicopático. En cualquier caso, no hace falta ser un experto para determinar que la personalidad y la actitud de Sánchez merece, cuanto menos, un diagnóstico psiquiátrico. Vamos, que al gachó le falta un tornillo. No se explica de otro modo que, después de haber protagonizado uno de los episodios históricos con más riesgo para la integridad territorial de España, no se le ocurra otra cosa que comentar vía TikTok su lista de canciones favoritas del verano. O el tipo no está bien de la azotea o su objetivo era encambronar más al personal; o quizás ambas cosas. Tal vez son características propias de los traidores a España, quién sabe.
Como
ya apuntaba líneas más arriba, extrapolar la historia y convertirla en un
apéndice del determinismo entraña un riesgo muy alto. Los anales de la historia
no son un guion cíclico de carácter inapelable ni presentan un patrón de
repetición matemático o estadístico, aunque sí cabe reconocer que las
circunstancias que alumbraron la demolición de la Hispania visigoda o, en
contrapartida, la caída del reino nazarí y la victoria de la España de los
Reyes Católicos —según se quiera interpretar la historia— son similares, pero
no idénticas.
Sánchez
no es Don Julián ni es Boabdil: es más bien la síntesis degradada de ambos. Es
la pulsión vengativa y traidora de Don Julián y el lloriqueo de Boabdil juntos.
Mientras Don Rodrigo perdió su reino en la batalla de Guadalete por no haber
sabido anticiparse a la traición, el inquilino de la Moncloa es la
personificación misma de la traición, la venganza y la desvergüenza, más allá
de otras circunstancias que, intuimos, son de índole psicológica.
Si
la historia, como apunta Jenkins, es una construcción ideológica y narrativa
del presente, no menos cierto es que este nuestro presente será juzgado por
futuros historiógrafos que, libres del constructo ideológico y de los intentos
de reescribir la historia por el sectarismo de turno, darán buena cuenta de
cómo un presidente henchido de la misma deslealtad que el vengativo conde Don
Julián y del llorica Boabdil antepuso su interés personal a la defensa de la
nación.
Definitivamente,
la analogía no confirma que la historia se repita, al menos en su máxima
expresión, aunque encontremos los mismos errores y vicios una y otra vez en
aquellos personajes que nos han conducido por las mismas aguas del desastre.
Sin embargo, a diferencia de hace siglos, las líneas del devenir de la
historia también están en nuestras manos.
Nota del autor.- Para
quien quiera ver en estas líneas una reflexión panfletaria de orden político y
falta de rigor histórico, le aceptaría la segunda acepción, pues quien suscribe
no es docto en historia sino en su hermana mayor, la literatura. Para aquellos que
quieran acercarse al misterioso mundo de lo panfletario, les recomiendo echar
una ojeada a cualquiera de los periódicos, televisiones y radios al servicio
del régimen sanchista.

