La
presunta trayectoria delictiva de del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, imputado por
blanqueo de capitales, tráfico de influencias y pertenencia a organización
criminal, no puede explicarse sin la colaboración necesaria del actual
presidente del Gobierno. Ambos han tejido una red de intereses espurios de
la que se ha beneficiado el primero con la aquiescencia del segundo. Un
engranaje delictivamente perfecto donde la influencia de uno se ha materializado
gracias al poder político del otro.
La imagen de aquel Zapatero que se paseaba por el mundo dando lecciones de ética, de socialismo solidario, de derechos humanos y de una utópica “Alianza de Civilizaciones” se ha desmoronado como un castillo de naipes. El mismo que señalaba a los ricos por tener mucho y dar poco resulta que atesoraba en una caja fuerte un suculento botín de joyas y diamantes del que, hasta ahora, no ha acreditado su origen. ¡Qué hipócrita tan repugnante! Tanto o más que don Pedro, alias “el one”, posible colaborador necesario en el presunto enriquecimiento ilícito de don José Luis, de oficio “comisionista” que habría utilizado presuntamente contratos ficticios y sociedades pantallas con las que engordar su ilícito negocio, incluida la de sus propias hijas.
El horizonte judicial de ZP es negro, muy negro. La cosa ante el Juez Calama pinta mal: la reciente declaración en sede judicial de su testaferro, Julio Martínez, implica al expresidente en el cobro de suculentas comisiones tras el millonario rescate de la aerolínea Plus Ultra. Sin embargo, todas las miradas –sobre todo la judicial–, deberían dirigirse ahora a quien ha facilitado toda esta presunta trama societaria, a saber: el marido de Begoña Gómez, el valedor necesario, el cómplice ideológicamente comprometido con el progresismo de pacotilla que comparte con Zapatero, alias “el cejas”. Y es que, en el fondo de todo este entramado, la mano que realmente movió los hilos de la operación fue la suya, la de su Sanchidad.
El rescate de Plus Ultra fue aprobado en la sombra del Consejo de Ministros, a pesar de los informes técnicos desfavorables que advertían de su inviabilidad. Sánchez no sólo despreció la evaluación de los órganos supervisores, sino que además actuó con desdén y soberbia apadrinando un dispendio millonario tan inmerecido como impropio, convirtiendo el Consejo de Ministros en un mero apéndice del asalto a las arcas públicas. Vamos, lo más parecido a una peli de gánsteres en la que el golpe lo organiza el capo Sánchez, secundado por una banda de ministros y la ya imputada cúpula de la SEPI.
Y, por si fuera poco, todo ello con un trasfondo mafioso relacionado con el narcotráfico internacional: la conexión venezolana, con epicentro en Caracas, desde donde “el cejas” ejercía como “comercial diplomático”. Sin olvidar –en el posible reparto– otras operaciones en China o Marruecos, donde la frenética agenda diplomática del Gobierno de España evidencia una sintonía más que sospechosa con los negocios de Zapatero. Ya se sabe que quien parte y reparte se lleva la mejor parte.
La
justicia tiene sus plazos, pero es implacable. Pretender que
el delito prescriba o perseguir la nulidad del proceso judicial frente a la
abrumadora evidencia de pruebas que se avecina es inútil. Zapatero y Sánchez
saben muy bien que la trama de Plus Ultra es solo la punta del iceberg; las
investigaciones apuntan a un entramado mucho mayor que vincula la financiación
del PSOE con los petrodólares venezolanos de la siniestra PDVSA. Así que es
solo cuestión de tiempo que al galgo de Paiporta le aten en corto con la correa
de la justicia, por mucho que ahora ladre contra el poder judicial y por mucho
que “el cejas” quiera convencernos de su inocencia con excusas evanescentes y
televisadas. Un abyecto ejercicio de absoluto cinismo con el que pretende
maquillar su presunta responsabilidad criminal y, por supuesto, la del jefe de
la mafia que nos gobierna...presuntamente.

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