Monday, August 3, 2026

La historia de la traición de Sánchez

Resulta casi imposible referirse al primer desembarco musulmán en tierras andaluzas en el año 711 sin mencionar la leyenda de la traición o venganza —o ambas cosas, según se mire— del conde Don Julián a Don Rodrigo, monarca del reino visigodo de Toledo. Desde la Estoria de España, impulsada por el rey Alfonso X el Sabio en el siglo XIII, hasta Las Crónicas Sarracenas (1430) de Pedro del Corral, pasando por el Romancero Viejo de los siglos XV y XVII, las alusiones y referencias al que fuera en aquel entonces gobernador de Septem (hoy Ceuta) no han pasado desapercibidas para los historiógrafos.

Don Julián, cuenta la leyenda, tenía una hija muy bella en edad de merecer llamada Florinda, que habría sido seducida y ultrajada por el rey Don Rodrigo, inmerso en aquella época en una guerra intestina con el hijo de su predecesor, Agila II. Esta controversia sobrevino en el año 710 a la muerte del padre de este último (el rey Witiza), cuando Don Rodrigo se impuso al nombramiento de Agila II gracias a "la nobleza en colaboración con el alto clero y siguiendo el canon 75 del IV concilio toledano", según detalla el historiador vallisoletano José Ignacio de la Torre Rodríguez en Breve Historia de la Reconquista (2018).

Movido por la venganza y alentado por los enemigos de Don Rodrigo, entre los que se encontraban los despechados hijos de Witiza, el conde Don Julián traicionó a la Hispania visigótica facilitando la invasión musulmana en el año 711 con unos siete mil hombres del Califato Omeya al mando de Tariq ibn Ziyad en lo que hoy se conoce como Gibraltar (y a quien se debe su nombre). Don Rodrigo atacó a las fuerzas invasoras e hizo todo lo que pudo días después en la batalla de Guadalete, pero sin éxito, como atestiguan los casi ocho siglos de presencia musulmana en la península ibérica desde aquel fatídico 711.

En realidad, era el tercer intento, pues ya había habido otras incursiones en años anteriores, algunas repelidas por las tropas peninsulares. Una de ellas ocurrió justo dos años antes, pergeñada por el traidor y vengativo conde, cuando sus hombres obtuvieron un gran botín que mostraron a los musulmanes como prueba de las altas expectativas que ofrecían aquellas tierras andaluzas. Quizás la incursión más célebre, o al menos la más recordada históricamente, sea la del desembarco de unos cuatrocientos hombres a cargo de Tarif abu Zara en lo que hoy es Tarifa (de ahí su nombre) en el año 710, aunque pospusieron la organización de una invasión mucho mayor para un año más tarde, como así fue.

La Reconquista culminó en el año 1492 con la toma de Granada. El 2 de enero de aquel año, la ciudad nazarí presenciaba la triunfal entrada de las tropas castellanas. El último bastión musulmán, regido por Boabdil, sucumbía a la España de los Reyes Católicos. Según la tradición, unos días más tarde, el último rey moro entregaba en mano las llaves de la ciudad a Fernando de Aragón. Cuenta la leyenda que, al abandonar la tierra granadina, Boabdil se echó a llorar en el camino y su madre le espetó: "Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre".

Al repasar brevemente nuestra historia (y sus leyendas) en el intento de extrapolarla a acontecimientos de nuestros días —tarea no exenta de alto riesgo—, es fácil caer en la trampa de los paralelismos cíclicos y concluir erróneamente que la historia es un ente asociado inexorablemente al determinismo. Comparar el contexto de una invasión militar en el siglo VIII (con ejércitos cruzando el estrecho) y la Reconquista con las políticas migratorias en una democracia del siglo XXI es un salto ilógico y descomunal. No es, desde luego, esa la razón de estas pinceladas históricas y espero que también pedagógicas en un tiempo en el que en los institutos, en los colegios e incluso en las universidades españolas se desdeñan las motivaciones históricas por criterios estrictamente ideológicos.

Reescribir la historia desde el fundamentalismo ideológico es y ha sido siempre puesto en práctica por las pequeñas, pero obstinadas mentes de cierto izquierdismo radical de tufo sectario o de nacionalismos trasnochados, cuyo objetivo es idénticamente el mismo que persigue el fundamentalismo religioso: reinventar la historia y ponerla de su lado; aunque, a decir verdad, el revisionismo histórico y el abuso instrumental de la historia con fines propagandísticos no son ni han sido únicamente exclusivos de un determinado signo político. En este sentido, coincido con el historiador Keith Jenkins, para quien «el pasado ya no existe y la historia es solo una construcción ideológica y narrativa del presente».

Sin embargo, lo cierto es que a lo largo y ancho de la historia ha habido siempre motivaciones de diferente índole que, sin duda, son innatas al ser humano: la traición, la venganza, la ambición, la corrupción, las invasiones territoriales, las guerras intestinas e incluso el trasfondo de amoríos no consentidos. No en vano, Florinda, la hija de Don Julián, lleva el sobrenombre de "la Cava", palabra de procedencia árabe que, según Menéndez Pidal, es una acepción peyorativa equivalente a prostituta.


Si hablamos de prostitución o de proxenetas asociados al poder político, las analogías históricas con nuestro tiempo son más que evidentes. Creo que no hace falta recordar de dónde viene, por ejemplo, el actual presidente del Gobierno de España: un "hideputa", que diría Cervantes, y beneficiario de lo prostibulario. Es el hijo de la noche a quien la historia de España le tiene reservadas sus páginas más negras y unos cuantos apodos más: además de traidor y cobarde, y alguno más de última hora que se gane a pulso, que lo habrá.

A la hora de trazar estas y otras analogías de nuestra historia, coincidentes o no, y salvando las circunstancias del contexto histórico con los hechos ocurridos en Ceuta y Melilla, no sabría qué personaje histórico se corresponde más con las “virtudes” del acaudillado Sánchez. No tengo muy claro si quedarme con el ánimo vengativo y traidor del conde Don Julián, con la actitud del indefenso Boabdil o, por qué no, con la personalidad e idiosincrasia de ambos; aunque alguna pieza que no parece figurar históricamente en ninguno de los anteriores se echa en falta, sobre todo en el ámbito de la psiquiatría.

Con respecto al primero, Sánchez comparte la traición a España como modus vivendi y la venganza como modus operandi. No olvidemos con qué calaña se ha asociado para gobernar y cuál es su fin común: la demolición de la España democrática mediante la deslegitimación del consenso del 78. En otras palabras: la venganza a la España democrática. Y si para ello es necesario vender su alma al diablo, traicionar al pueblo español y no defender nuestras fronteras de una avalancha que superó los 70.000 súbditos marroquíes, se queda tan pancho y le importa un pimiento la soberanía territorial de España y el artículo 116 de la Constitución. Él no asume ninguna responsabilidad: la culpa recae sobre una sentencia del Tribunal Supremo y santas pascuas. ¿No habrá tenido tiempo para revisarla y legislarla de nuevo con un procedimiento de urgencia o por Real Decreto, como tanto le gusta? ¿Cómo es posible que los servicios de inteligencia españoles, con el CNI a la cabeza, no le informaran al gobierno de lo que se estaba gestando al otro lado de la frontera? ¿Qué o quién está detrás de esta invasión?

Posiblemente el detonante de esa operación tenga que ver con la reciente visita a Argelia del presidente de Gobierno. No lo sabemos. Tal vez, la inoperancia del gobierno esté relacionada con Pegasus; con esa trama de espionaje político del gobierno y de sus instituciones de la que tampoco sabemos nada. En cualquier caso, lo más cómo y útil para los intereses de su Sanchez y, sobre todo, para la lógica de su modus operandi era traicionar a España al modo más “donjulianesco”.

Con respecto a Boabdil, la analogía se nos antoja más problemática, pues es difícil que la madre que le parió le haya encerrado en una habitación de La Mareta y le haya espetado: «Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre». Más bien le imaginamos escondido cobardemente en dicho palacio, redactando una carta a la UE y subrayando el egoísmo de ciertos países en cuestiones tan espinosas como la inmigración ilegal. La solución —la suya, claro— pasa por la regularización masiva de inmigrantes ilegales para que dejen de serlo, pues no olvidemos que ya cuenta con sus votos de cara al futuro. Pero si en algo podemos observar alguna analogía con el último rey moro, quizás sea en esa indefensión impostada y tan pueril que exhibe y con la que denota otra de sus artimañas: la victimización.

            

Indudablemente, no podemos extrapolar analogía alguna con Boabdil o con la leyenda de Don Julián desde el ámbito estricto de la psiquiatría. Desconocemos de ambos su inestabilidad mental, emocional y psicológica a través de las crónicas. Tampoco somos forenses para determinar el cuadro clínico del presidente del Gobierno. No hay un diagnóstico oficial que apunte a un trastorno psicológico, aunque sí ha habido algunos especialistas de la psiquiatría que han señalado en su personalidad una falta de empatía y una deformación de su juicio. Los hay más atrevidos que apuntan a un trastorno psicopático. En cualquier caso, no hace falta ser un experto para determinar que la personalidad y la actitud de Sánchez merece, cuanto menos, un diagnóstico psiquiátrico. Vamos, que al gachó le falta un tornillo. No se explica de otro modo que, después de haber protagonizado uno de los episodios históricos con más riesgo para la integridad territorial de España, no se le ocurra otra cosa que comentar vía TikTok su lista de canciones favoritas del verano. O el tipo no está bien de la azotea o su objetivo era encambronar más al personal; o quizás ambas cosas. Tal vez son características propias de los traidores a España, quién sabe.

Como ya apuntaba líneas más arriba, extrapolar la historia y convertirla en un apéndice del determinismo entraña un riesgo muy alto. Los anales de la historia no son un guion cíclico de carácter inapelable ni presentan un patrón de repetición matemático o estadístico, aunque sí cabe reconocer que las circunstancias que alumbraron la demolición de la Hispania visigoda o, en contrapartida, la caída del reino nazarí y la victoria de la España de los Reyes Católicos —según se quiera interpretar la historia— son similares, pero no idénticas.

Sánchez no es Don Julián ni es Boabdil: es más bien la síntesis degradada de ambos. Es la pulsión vengativa y traidora de Don Julián y el lloriqueo de Boabdil juntos. Mientras Don Rodrigo perdió su reino en la batalla de Guadalete por no haber sabido anticiparse a la traición, el inquilino de la Moncloa es la personificación misma de la traición, la venganza y la desvergüenza, más allá de otras circunstancias que, intuimos, son de índole psicológica.

Si la historia, como apunta Jenkins, es una construcción ideológica y narrativa del presente, no menos cierto es que este nuestro presente será juzgado por futuros historiógrafos que, libres del constructo ideológico y de los intentos de reescribir la historia por el sectarismo de turno, darán buena cuenta de cómo un presidente henchido de la misma deslealtad que el vengativo conde Don Julián y del llorica Boabdil antepuso su interés personal a la defensa de la nación.

Definitivamente, la analogía no confirma que la historia se repita, al menos en su máxima expresión, aunque encontremos los mismos errores y vicios una y otra vez en aquellos personajes que nos han conducido por las mismas aguas del desastre. Sin embargo, a diferencia de hace siglos, las líneas del devenir de la historia también están en nuestras manos.

Nota del autor.- Para quien quiera ver en estas líneas una reflexión panfletaria de orden político y falta de rigor histórico, le aceptaría la segunda acepción, pues quien suscribe no es docto en historia sino en su hermana mayor, la literatura. Para aquellos que quieran acercarse al misterioso mundo de lo panfletario, les recomiendo echar una ojeada a cualquiera de los periódicos, televisiones y radios al servicio del régimen sanchista.

Wednesday, July 29, 2026

Quien parte y reparte…

La presunta trayectoria delictiva de del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, imputado por blanqueo de capitales, tráfico de influencias y pertenencia a organización criminal, no puede explicarse sin la colaboración necesaria del actual presidente del Gobierno. Ambos han tejido una red de intereses espurios de la que se ha beneficiado el primero con la aquiescencia del segundo. Un engranaje delictivamente perfecto donde la influencia de uno se ha materializado gracias al poder político del otro.

La imagen de aquel Zapatero que se paseaba por el mundo dando lecciones de ética, de socialismo solidario, de derechos humanos y de una utópica “Alianza de Civilizaciones” se ha desmoronado como un castillo de naipes. El mismo que señalaba a los ricos por tener mucho y dar poco resulta que atesoraba en una caja fuerte un suculento botín de joyas y diamantes del que, hasta ahora, no ha acreditado su origen. ¡Qué hipócrita tan repugnante! Tanto o más que don Pedro, alias “el one”, posible colaborador necesario en el presunto enriquecimiento ilícito de don José Luis, de oficio “comisionista” que habría utilizado presuntamente contratos ficticios y sociedades pantallas con las que engordar su ilícito negocio, incluida la de sus propias hijas. 

El horizonte judicial de ZP es negro, muy negro. La cosa ante el Juez Calama pinta mal: la reciente declaración en sede judicial de su testaferro, Julio Martínez, implica al expresidente en el cobro de suculentas comisiones tras el millonario rescate de la aerolínea Plus Ultra. Sin embargo, todas las miradas sobre todo la judicial, deberían dirigirse ahora a quien ha facilitado toda esta presunta trama societaria, a saber: el marido de Begoña Gómez, el valedor necesario, el cómplice ideológicamente comprometido con el progresismo de pacotilla que comparte con Zapatero, alias “el cejas”. Y es que, en el fondo de todo este entramado, la mano que realmente movió los hilos de la operación fue la suya, la de su Sanchidad.

El rescate de Plus Ultra fue aprobado en la sombra del Consejo de Ministros, a pesar de los informes técnicos desfavorables que advertían de su inviabilidad. Sánchez no sólo despreció la evaluación de los órganos supervisores, sino que además actuó con desdén y soberbia apadrinando un dispendio millonario tan inmerecido como impropio, convirtiendo el Consejo de Ministros en un mero apéndice del asalto a las arcas públicas. Vamos, lo más parecido a una peli de gánsteres en la que el golpe lo organiza el capo Sánchez, secundado por una banda de ministros y la ya imputada cúpula de la SEPI. 

Y, por si fuera poco, todo ello con un trasfondo mafioso relacionado con el narcotráfico internacional: la conexión venezolana, con epicentro en Caracas, desde donde “el cejas” ejercía como “comercial diplomático”. Sin olvidar en el posible reparto otras operaciones en China o Marruecos, donde la frenética agenda diplomática del Gobierno de España evidencia una sintonía más que sospechosa con los negocios de Zapatero. Ya se sabe que quien parte y reparte se lleva la mejor parte.

La justicia tiene sus plazos, pero es implacable. Pretender que el delito prescriba o perseguir la nulidad del proceso judicial frente a la abrumadora evidencia de pruebas que se avecina es inútil. Zapatero y Sánchez saben muy bien que la trama de Plus Ultra es solo la punta del iceberg; las investigaciones apuntan a un entramado mucho mayor que vincula la financiación del PSOE con los petrodólares venezolanos de la siniestra PDVSA. Así que es solo cuestión de tiempo que al galgo de Paiporta le aten en corto con la correa de la justicia, por mucho que ahora ladre contra el poder judicial y por mucho que “el cejas” quiera convencernos de su inocencia con excusas evanescentes y televisadas. Un abyecto ejercicio de absoluto cinismo con el que pretende maquillar su presunta responsabilidad criminal y, por supuesto, la del jefe de la mafia que nos gobierna...presuntamente.


Monday, June 29, 2026

El "Mein Kampf" de P.S. o lo que está por venir

Que nadie se llame a engaño: P.S. será capaz de cualquier cosa con tal de garantizar su supervivencia política y personal. No adelantará elecciones ni dimitirá, por mucho que se lo reclame la mayoría en el Congreso. Su único proyecto político es perpetuarse en el poder cueste lo que cueste, incluidos algunos escenarios que ponen los pelos de punta. El contrapunto para evitar males mayores sería articular con éxito una moción de censura que, a día de hoy, es simple y llanamente inviable.

Así las cosas, y dada su imperiosa necesidad de atornillarse a la poltrona, mucho nos tememos que el inquilino de Moncloa no dudará en provocar la parálisis permanente de las instituciones y socavar aún más la ya de por sí frágil democracia española. Uno de sus propósitos, y no el único, es muy claro: acabar con la separación de poderes y someterlos a los designios del poder ejecutivo bajo la coartada de “la soberanía popular”. De esto mismo existen sobradas evidencias de cómo el autócrata ha ido progresiva y sutilmente apuntalando el contrapeso de poderes y de cómo ha puesto todo su empeño en erosionar la independencia judicial. 

Su objetivo es convertir a los tribunales en meros títeres del poder ejecutivo. La reforma exprés del CGPJ, el acoso a jueces como Juan Carlos Peinado y Manuel García-Castellón por investigar casos “sensibles” del gobierno y y su entorno, así como la cantinela de la acusación de lawfare contra el Tribunal Supremo, forman parte de esa obsesión sanchista. Además, para todo ello cuenta incluso con la connivencia de Cándido Conde-Pumpido, presidente del Tribunal Constitucional, que ya ha actuado como un tribunal de casación bajo el mando del sanchismo, y no como un órgano imparcial en la interpretación de los resortes de la Constitución. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Por si esto no nos pone sobre aviso, el hecho de que en las últimas semanas el argumentario del gobierno haya dejado patente el enfrentamiento directo contra los contrapoderes del Estado hace saltar todas las alarmas. Instantes después de que el Tribunal Supremo notificara la sentencia del conocido como “caso mascarillas”, por la que se condena al exministro socialista José Luis Ábalos a 24 años y 3 meses de prisión, y a su exasesor Koldo García a 19 años, 8 meses y un día, por los delitos de organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias, el Gobierno ponía en cuestión la severidad de las penas y “la imparcialidad” de la sentencia al eximir al empresario Aldama de ingresar en prisión. A pesar de que la condena fue unánime, los ministros de turno y los altavoces mediáticos del sanchismo escupían sobre la sentencia expresiones como “supuesto amaño” o “sentencia de difícil digestión”. Cabría recordar desde aquí a toda esa horda de lamerones desinformados que el Tribunal acordó suspender la ejecución de la pena de 4 años y 6 meses de prisión a Aldama por su aportación en el esclarecimiento de los delitos, motivo por el cual se le ha aplicado la atenuante muy cualificada de colaboración con la Justicia.

Tampoco hay que perder de vista el posible amaño de unas futuras elecciones. Un escenario que ya comienza a tomar forma con la entrega a troche y moche de pasaportes españoles en el extranjero, gracias a la infame Ley de Nietos —o biznietos y tataranietos, según se mire—, mediante la cual se pretende hinchar el censo con 2,5 millones más de electores extranjeros y a los que hay que sumar 1,3 millones de regularizados en los últimos años. Esto, junto a la posibilidad de adulterar el voto por correo, constituye, sin duda, algunas de las maniobras concebidas por el tramposo personaje de Moncloa. Quien no lo crea, que consulte las denuncias de particulares por la compra de votos por correo o que compruebe el resultado del voto CERA en las últimas elecciones autonómicas celebradas en Andalucía, Castilla y León y Aragón, donde el PSOE, “paradójicamente, fue la formación política más votada. ¿Causalidad o intencionalidad? Juzgue usted mismo.

Pero lo más grave de todo, y de lo que ya vamos pergeñando sus primeros esbozos, es la determinación del Gobierno de poner fin al conflicto territorial con el asunto de la España plurinacional. Podríamos pensar que algo así no tiene encaje en nuestra Constitución, pero eso mismo pensábamos de la amnistía y ahí está. No descartemos, en este sentido, que se abra la espita para sendas consultas de independencia en Cataluña y en el País Vasco y ponga con ellas tal carga de dinamita en los pilares de la Constitución que estalle todo por los aires. Eso sí, no sin antes obsequiar a ambos territorios con alguna que otra jugosa concesión fiscal, una más.

Está claro que el acorralado P.S. hará lo indecible para alimentar de su mano al independentismo en su “Mein Kampf” particular, pues de ellos dependería llegado el caso la aprobación por votación de un suplicatorio en el Congreso; algo que cada día cobra más fuerza a raíz de los informes de la UCO en la investigación del caso Leire”, donde se identifican las iniciales P.S. con el number one, el capo de la mafia o “el puto amo”, como diría el ministro Puente. 

Que no nos quepa ninguna duda: el autócrata sostiene una cerilla sobre un polvorín que dejará caer cuando le queme en las yemas de los dedos. Todo es posible, incluso encender la mecha republicana para poner en un brete a la Monarquía parlamentaria con unas hipotéticas elecciones plebiscitarias. Su última carcajada en el Congreso debería inquietarnos mucho. Ojalá no sea el augurio de lo que está por venir. 

Thursday, May 21, 2026

José Luis, sé fuerte

Horas después de que se conociera el auto de imputación emitido por el juez Calama contra José Luis Rodríguez Zapatero, las reacciones de nuestros queridos políticos no se han hecho esperar. Algunas de ellas se han verbalizado incluso desde el hemiciclo del Congreso de los Diputados, donde la izquierda socialista ha dejado claro su total apoyo al expresidente.

Por su parte, el portavoz de Ezquerra Republicana, alias Rufián, ha dicho que está “jodido”, que se ha leído –permítanme que lo dude– los 85 folios del auto de imputación contra ZP y ha concluido que “está muy bien escrito”, que si “esto es verdad es una mierda y que si no lo es, también”. Y ha añadido que, a pesar del "afecto" que profesa al expresidente, a quien agradece todos sus esfuerzos por colaborar estrechamente en la puesta en libertad de los golpistas catalanes, también “tiene ojos”, por lo que intuimos o que antes los tenía cerrados o que el sectarismo no le permitía ver más allá de sus narices. El "orgulloso charnego" (como a sí mismo se identifica) ha dado por concluida su intervención aclarando a sus señorías que la izquierda “somos otra cosa” y ha advertido a los jueces que "dejen de hacer política porque el PP ya gana las elecciones". Todo ello a la sazón y en el considerado estilo de quien no es más que una piñufla política, un mangarrán de orinal y palangana y un mamporrero del independentismo catalán que hace honor a su apellido.

En la misma línea se ha expresado la portavoz de Podemos, alias la niña de la curva, que ha pasado de acusar al juez Calama de "lawfare" para terminar diciendo que “pinta fea”, digo “feo”. Y es que Belarra sabe sumar algo mejor que su otrora compañera gallega de aventuras, la tal Yolanda Díaz, alias doña Tucán. La navarra ha despegado los deditos de los puños para descubrir en la aritmética andaluza el albañal por el que desagua la inmundicia de su formación política. Así que ahora toca apretarse los machos y cambiar de discursito por lo que pueda venir.

Pero no nos llevemos a engaño por toda esta retórica de falsa tinta, ya que corremos el riesgo de equivocarnos. Me explico: la extrema izquierda no daría nunca su apoyo ante la tanteada moción de censura por parte del PP y, de momento, tampoco rompería su alianza política con el caudillo Sánchez. Y menos aún esperamos que desde la extrema derecha y xenófoba de Junts hagan de tripas corazón y secunden una moción de censura al alimón con los ultras de Vox. Ni hablar del peluquín. A todos estos galloferos y pintamonas de la política catalana les va muy bien con el secuestro fiscal y el expolio de los españoles. Por muy responsable que sea el presidente del gobierno sobre los presuntos delitos que se le imputan a Zapatero, no dejarán que caiga ni por asomo.

¿Y qué dicen los del PNV? A día de hoy, más allá de su impostada incomodidad con Sánchez e instarle a dar una explicación urgente, no parece que los mismos que en su día apelaron a la ética contra la corrupción para tumbar a Rajoy vayan a mover un dedo para sacar de la Moncloa su particular exprimidora. Ni mucho menos. Aquel “Luis, sé fuerte” con el que por menos apuñalaron políticamente a Rajoy no parece que ahora, con un tal José Luis por delante, apele en la misma medida a las conciencias nacionalistas vascas. Ellos a lo suyo: a trincar y a mamar de la teta del Estado español. Todo sea por la pasta.

No cabe, pues, esperar un gesto de decencia ni de nacionalistas ni de separatistas ni tampoco de la extrema izquierda para desalojar a Sánchez. Y, desde luego, se nos antoja bastante difícil que el PP se lance al ruedo político con una moción de censura. Los números no dan. Sin embargo, la obligación política y moral del principal partido en la oposición es presentarla cuanto antes. El riesgo a perderla es evidente, pero la oportunidad política de retratar a mercachifles, ganapanes y a tanto presunto delincuente político es única.

Ante la disyuntiva de la conformidad política y la presunta actividad criminal de un gobierno, el señor Feijóo no tiene otra opción.
Más aún, cuando quien nos gobierna es un autócrata sin escrúpulos, sin una onza de ética y sin ninguna dignidad política; un tipo que está enfermo de poder y quiere preservarlo a cualquier precio, cueste lo que cueste, incluso a expensas de la democracia y del Estado de Derecho.

Así que, señores del PP, dejen a un lado el tacticismo político y no fantaseen con unas elecciones anticipadas, porque el infame colaboracionista de dictaduras caribeñas no se va ni con agua caliente. Lo dicho: pónganse manos a la obra con una más que necesaria y urgente moción de censura. El tiempo apremia.


Wednesday, April 29, 2026

¿Conformismo o analfabetismo de rebaño?

Rara es la mañana en la que no nos despertamos con algún escándalo que evidencia hasta qué punto el Gobierno actúa de espaldas a las reglas más básicas del orden institucional. Hay tantas y tantas taras democráticas que convendría recordar con frecuencia ante qué y ante quiénes nos enfrentamos. Tarea bastante difícil cuando hay una buena parte de la prensa rendida ante “los encantos” del sanchismo y existe una corriente de la opinión pública que ha normalizado, asumido y aceptado el marco comunicativo diseñado desde Moncloa.

Imaginemos por un momento cómo estarían las calles de nuestras ciudades si el presidente del Gobierno fuera un tal Feijóo y tuviera a su entorno procesado, encarcelado o a punto de sentarse en el banquillo. ¿Qué dirían los socialistas y comunistas si algún ministro popular o incluso su presidente descalificara la actuación judicial o señalara a periodistas incómodos desde la tribuna de oradores en el Congreso? O ¿cómo reaccionarían los radicales defensores de tener la nevera llena si las frutas, las legumbres, las verduras y la leche pasaran de tener un 2% a un 4% de IVA? Por no hablar de la subida de hasta un 40% de los huevos o del hachazo fiscal a autónomos y trabajadores, que cada día sufren más para llegar a fin de mes. En este contexto, cabría preguntarse cómo responderían los sindicatos, tan preocupados ellos por el escudo social (léase estatalización encubierta), tras conocer, según Eurofound —agencia vinculada a la Unión Europea y dedicada al análisis del mercado—, que España es el segundo país de la UE con mayor inseguridad laboral.

Y ¿qué diría la prensa oficial del régimen sanchista si un hipotético gobierno de la derecha hubiera recibido 71.000 millones de euros en fondos europeos y solo se hubiera invertido algo más de la mitad? ¿Cuántos ríos de tinta se habrían escrito si Feijóo hubiera excarcelado a cientos de violadores o hubiera concedido el indulto a dirigentes políticos condenados por corrupción y sedición? Por no hablar del apagón de hace justo ahora un año, de los ocho muertos que se llevó en un país a oscuras y de la pérdida para la industria de más 3.000 millones de euros, o de la tragedia del accidente ferroviario de Aldamuz, donde perdieron la vida 45 personas. 

¿Se imagina usted las editoriales y las portadas de la prensa del régimen si el inquilino de La Moncloa fuera otro?

A buen seguro que si todo esto hubiese acontecido con un gobierno de derechas y los medios afines al “progresismo” hubieran dado una cobertura intensiva, el clima social sería mucho más convulso. A estas alturas no se podría ni respirar con tanto humo negro de neumáticos quemados en innumerables barricadas, pero con Sánchez nunca pasa nada: todos sentaditos en el sofá de casa viendo series de Netflix o disfrutando de las “hazañas” futbolísticas del Barça y el Madrid.

Cierto es que son legión aquellos que muestran su enfado y preocupación en las redes sociales, donde la disidencia más incisiva se ha convertido más en un espacio virtual para el desahogo personal que en una herramienta útil de movilización contra el déficit ético y moral que reside en el Gobierno y contra sus políticas. Podríamos convenir en que las redes sociales están que arden, pero las calles no.

Y es que las cosas no se cambian a golpe de X, en YouTube o en Instagram; tampoco se cambian desde una oposición inerte que, en un gran alarde de estupidez, no reacciona ante la emergencia del expolio y la humillación de los españoles. Desde esa perspectiva, uno tiene la impresión de que los dos partidos principales de la oposición necesitan tejer consensos sólidos con los que confrontar la hegemonía del caos; pero, en su lugar, siguen obstinados en la estrategia del oportunismo político mucho más que en el interés general. La falta de un consenso amplio y la construcción de una alternativa sólida dificulta corregir la deriva institucional. Pero, oiga, con estos bueyes hay que arar, que diría el castizo. Y así nos va.

Mientras el conformismo —o, mejor dicho, el analfabetismo de rebaño—, por un lado, y el clientelismo político y el voto cautivo, por otro, conforman el panorama sociológico de esta querida España, las próximas generaciones se enfrentan a un futuro incierto que nada bueno puede traer. Más allá de una más que probable desafección o desapego político, lo que está en juego entre los más jóvenes es la frustración masiva y el resentimiento y, por si fuera poco, una más que probable deriva antisistema, tal como preconiza la politóloga Estefanía Molina en su ensayo Los hijos de los boomers, lectura obligada para comprender el rechazo de nuestros chavales al sistema democrático.

Así las cosas y con tanto pesimismo en el frente, solo queda refugiarse, a este lado de la trinchera, en los recovecos heridos de voces abstractas y frases inconexas, donde residen los deseos más oscuros y donde el lector puede o no coincidir con ellos como solución final y urgente, tal como consta en las ultimas líneas de esta reflexión:

Ese laberinto incluye moverse inevitablemente negando apariencias, recordando arquetipos, pensando silencios.

Saturday, March 28, 2026

El cinismo de la legalidad frente a la barbarie

Resulta extremadamente cansino tener que lidiar, una y otra vez, con la miseria humana que se esconde detrás de la tan manida defensa del derecho internacional, sobre todo en boca de algunos gobernantes que han llegado incluso a blanquear no pocas dictaduras o, en el mejor de los casos, se han puesto de perfil.

Sea lo que sea eso del derecho internacional, parece evidente que debería ser revisado, porque solo sale a pasear con correa y bozal cuando algunos propietarios y dueños del cinismo y la hipocresía internacional lo sacan a defecar por las esquinas, obviando, eso sí, la defensa de los derechos humanos.

Unos sostienen que el derecho internacional existe para, entre otras cosas, impedir que los países se invadan entre sí. Otros argumentan que sin derechos humanos, no hay derecho internacional, pues la base legal de todo orden jurídico descansa en las garantías fundamentales de la dignidad humana. De manera que la defensa del derecho internacional se traduce, en no pocos casos, en la traición y la violación de los derechos humanos que supuestamente pretende proteger. 

A la vista de esta paradoja de la legalidad, uno se puede preguntar qué derecho internacional, ni qué ocho cuartos, se puede esgrimir desde el orden jurídico para defender las dictaduras de Venezuela, la de Cuba o la de la República Islámica de Irán, donde la inmunda ecuación del régimen terrorista de los ayatolás ha dado como resultado que la represión contra las manifestaciones populares se haya cobrado más de 30.000 víctimas, incluyendo las ejecuciones públicas de mujeres y homosexuales.

No olvidemos tampoco la flagrante violación de los derechos humanos en la anexión del Sáhara a Marruecos —aprobada con el plácet del Gobierno de España y con el visto bueno de la Unión Europea—, pasándose por el arco del triunfo las resoluciones de la ONU y, con ellas, los derechos del pueblo saharaui.

Y qué decir de la sanguinaria persecución contra los cristianos a cargo de terroristas islámicos en Nigeria, en la República del Congo o en Siria. ¿Por qué buena parte de la comunidad internacional y de los organismos internacionales guardan silencio o miran hacia otro lado? ¿Acaso exterminar cristianos no responde a las expectativas del derecho internacional?

Queda muy claro que el denominador común en los países citados se corresponde con la sistemática vulneración de los derechos humanos y las libertades políticas y que, en algunos casos, se lleva a cabo con la connivencia de la esfera política internacional. Afortunadamente, el Consejo de la UE ha incluido formalmente al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán en su lista de organizaciones terroristas. Aunque Bruselas no concreta ninguna medida al respecto, se agradece el gesto. Sin embargo —permítanme la digresión, porque si no lo digo, reviento—, el Gobierno de España, amigo del régimen de Teherán, sigue haciendo gala de un silencio atronador y obvia términos como “terrorismo” o “exterminio” contra la población civil. Tanto y tan bien lo hace nuestro presidente, que hasta le felicitan formalmente desde Irán e incluso colocan su efigie en los misiles iraníes; fiel retrato de un “ser de luz” tan familiarizado con la muerte como con las tumbas.

Dicho todo esto, ¿qué debe prevalecer: el derecho internacional o la defensa universal de los derechos humanos? ¿Qué valor tiene un marco jurídico internacional si se aplica de forma arbitraria? ¿Están justificadas las intervenciones bélicas contra los infractores de los derechos humanos?

No tenemos respuestas claras, más aún cuando la doctrina jurídica internacional no prevé el ataque preventivo sin la debida legalidad. Pero quedarse de brazos cruzados y ladrar por ladrar desde la esfera política internacional, sin adoptar medidas concretas frente a la vulneración de los derechos humanos, suele entrañar mayores riesgos que una intervención a tiempo. Más aún cuando, paradójicamente, “la ley que ampara al criminal se convierte ella misma en crimen”, tal como advirtió el dramaturgo Bertolt Brecht (1898-1956), marxista, exiliado del nazismo y profundamente comprometido en la lucha contra el fascismo.

Mientras la política global de la inmundicia se aferra a la coartada del derecho internacional y sacan la "cartita" de la ONU contra el “genocidio” de Gaza, otros países asumen la legítima defensa del Estado de Israel frente a las organizaciones terroristas de Hamás o Hezbolá, ambas financiadas por el régimen de Irán. Pero lo más sorprendente, a la vez que vomitivo, es que una buena parte de esa gran reserva fecal de algunos de sus dirigentes y, en particular, en países como España es la misma que evita pronunciarse sobre el exterminio silencioso en África, la opresión y el exilio de millones de personas en las dictaduras de Latinoamérica o la ejecución indiscriminada de civiles en Irán, perpetrada —no lo olvidemos—, por un miserable puñado de fanáticos religiosos y terroristas.

Ser rebelde no es aquel que dice “no [a la guerra], sino aquel que dice sí a una dignidad que la ley, cuando se pervierte, ya no garantiza” (Camus, 1913‑1960).

Saturday, February 14, 2026

Medio millón (o más) de sombras “marronas”

El pasado 27 de enero el Gobierno aprobó por vía de urgencia la tramitación de un proyecto de Real Decreto sobre la regularización masiva de medio millón de inmigrantes, aunque esa cifra podría ser mucho mayor. Se calcula que la medida permitirá legalizar a unas 800.000 personas que actualmente carecen de permiso de residencia.

Como en tantas otras ocasiones, la medida no pasó por la convalidación parlamentaria en el Congreso, ya que Junts podría haber tumbado cualquier reforma de la Ley de Extranjería contraria a sus intereses políticos y, sobre todo, partidistas. Más aún, cuando la líder independentista de Aliança Catalana, Silvia Orriols, viene atizando de lo lindo en las encuestas y comiendo mucho terreno al "indepe" de Waterloo". Y ya sabemos que la noia Silvetta no es que sea precisamente muy partidaria de facilitar la entrada de inmigrantes en Cataluña; más bien todo lo contrario. Su postura contra la inmigración es uno de los asuntos prioritarios en su discurso político y una de las razones de su fulgurante ascenso en las encuestas. Puigdemont lo sabe y Sánchez también. Así que, dada la aritmética parlamentaria, el Gobierno ha preferido apoyarse en Podemos para sacar adelante la regularización masiva de inmigrantes en situación irregular. Ya veremos si con el tiempo y una caña, el prófugo de Junts no termina aceptando pulpo como animal de compañía y cede a cambio de alguna competencia que otra como contraprestación a la aplicación de la medida: inmigrantes sí, pero no en Cataluña.

La cesión del Ejecutivo a Podemos llega en un momento de extrema debilidad para un Gobierno cercado por la corrupción y en horas muy bajas tras el accidente de Adamuz y el monumental batacazo electoral en Extremadura. Podríamos considerar la regularización, junto con el galimatías de la revalorización de las pensiones y el “escudo social”, como una maniobra de distracción de cara a la opinión pública. Es decir, una cortina de humo más que impida ver las deficiencias de un Gobierno que lleva mucho tiempo moviendo la bolita del trile y dando palos de ciego.

Pero el trasfondo del asunto va mucho más allá. Y es que, tal y como apunta el PP, la regularización podría alterar el censo electoral de cara a próximos comicios municipales. Supuestamente, el voto inmigrante beneficiaría a la quinta columna de la izquierda en algunas circunscripciones locales, según el relato de los populares. Otros, más a la derecha, ven en la regularización la sombra de una invasión encubierta. Tal vez las dos derechas tengan razón y no haya más ciego que el que no quiera verlo.

Pero aún hay más: la izquierda radical pretende que los regularizados también puedan votar en unas elecciones generales. Su objetivo es cambiar el mapa electoral a golpe de inmigrante, apelando incluso a la teoría del reemplazo, “barriendo de fachas y de racistas este país con gente migrante, sea china, negra o marrona”. Eso ha dicho Irene Montero desde esa infinita miseria humana que la caracteriza. 

Aquellos que intuíamos que eso del reemplazo era cosa de la derecha, de la inteligencia artificial, en definitiva, de una gran conspiración de los tecno-oligarcas, resulta que no, que el reemplazo es cosa de la izquierda caviar, cuya inteligencia es la misma que la de un mosquito sobrevolando una autopista en una noche de verano durante una operación salida. No cabe un tonto más.

La medida es, cuando menos, temeraria. La han aprobado a tientas, sin luces (ni taquígrafos), con una venda en los ojos, jugando a ver qué cae de la piñata. Pero en lo que no han reparado ni unos ni otros en esa izquierda tan “progresista” es que la regularización masiva, más allá de ser una maniobra electoralista o una cortina de humo, es, además de cínica, contraria a los intereses de aquellos que dicen defender. Y es que una regularización de inmigrantes sin una evaluación mínima de sus consecuencias puede ser catastrófica, ya que se pone en riesgo la economía, la seguridad y la cohesión social. Veamos:

A los ya de por sí saturados servicios públicos como la sanidad, una llegada descontrolada de inmigrantes podría generar, adicionalmente, una mayor precarización en el mercado laboral, perjudicando no solo a la clase trabajadora autóctona, sino también a los inmigrantes ya sean regularizados o no. Por no hablar del acceso casi inmediato a las ayudas públicas --como el IMV-- y el esfuerzo fiscal que supondrá a las ya castigadas costillas de los asalariados españoles. 

Huelga decir que un flujo incontrolado de inmigrantes supondría, además de un grave riesgo para la seguridad ciudadana, un aumento de las redes criminales de tráfico ilícito de personas procedentes de África.

                    (Fuente: The Objective)

Desde el punto de vista social, la regularización indiscriminada desincentiva una integración ordenada y refuerza el discurso de la extrema derecha hasta el paroxismo, intensificando una confrontación identitaria sin precedentes. En resumen, más resentimiento y mayor polarización.

Se mire por donde se mire, la estrategia de inundar el país con una regularización masiva solo persigue la política del caos. Es a todas luces una medida democráticamente insana, sin debate previo, sin consenso político y sin una planificación previa sobre el impacto que supone. Y todo ello con un único fin: la confirmación de una nueva base electoral para perpetuarse en el poder a cualquier precio, sin importarles ni un pimiento la economía, la seguridad o la supervivencia de la cohesión social.

En definitiva, un ejemplo más de la bancarrota de la ética de un gobierno cegado por la erótica del poder. Es el “todo vale” de estos tiempos de penumbra en los que acechan sombras “marronas”. Mientras tanto, en otros países europeos se apuesta claramente por endurecer los requisitos de entrada y de ciudadanía de los inmigrantes. Vayan tomando nota.