Resulta extremadamente cansino tener que explicar, cada dos por tres, la miseria humana que se esconde detrás de la tan manida defensa del derecho internacional, sobre todo en boca de algunos gobernantes que han blanqueado las dictaduras de Latinoamérica o, en el mejor de los casos, se han puesto de perfil.
Sea lo que sea eso del derecho internacional, parece evidente que debería ser revisado, porque solo sale a pasear con correa y bozal cuando algunos propietarios y dueños del cinismo y la hipocresía internacional lo sacan a defecar por las esquinas, obviando, eso sí, la defensa de los derechos humanos.
Unos sostienen que el derecho internacional existe para, entre otras cosas, impedir que los países se invadan entre sí. Otros argumentan que sin derechos humanos, no hay derecho internacional, pues la base legal de todo orden jurídico descansa en las garantías fundamentales de la dignidad humana. De manera que la defensa del derecho internacional se traduce, en no pocos casos, en la traición y la violación de los derechos humanos que supuestamente pretende proteger.
A la vista de esta paradoja de la legalidad, uno se puede preguntar qué derecho internacional, ni qué ocho cuartos, se puede esgrimir para asistir desde el orden jurídico internacional a la defensa de la dictadura de Venezuela, la
de Cuba o la del régimen de la República Islámica de Irán, donde la
inmunda ecuación del régimen terrorista de los ayatolás da como resultado que la represión de las manifestaciones se haya cobrado más de 30.000 víctimas, incluyendo las ejecuciones públicas de mujeres y homosexuales.
No olvidemos tampoco la flagrante violación de los
derechos humanos en la anexión del Sáhara a Marruecos —aprobada con el plácet
del Gobierno de España y con el visto bueno de la Unión Europea—, pasándose por el arco del triunfo las resoluciones de la ONU y, con ellas, los derechos del pueblo
saharaui.
Y qué decir de la sanguinaria persecución contra los cristianos a cargo de terroristas islámicos en Nigeria, en la República del Congo y en Siria. ¿Por qué buena parte de la comunidad internacional y de los organismos internacionales guardan silencio o miran hacia otro lado? ¿Acaso exterminar cristianos no responde a las expectativas del derecho internacional?
Queda muy claro que el denominador común en los países citados se corresponde con la sistemática vulneración de los derechos humanos y las libertades políticas y que, en algunos casos, se lleva a cabo con la connivencia de la esfera política internacional. Afortunadamente, el Consejo de la UE ha incluido formalmente al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán en su lista de organizaciones terroristas. Sin embargo —permítanme la digresión, porque si no lo digo, reviento—, el Gobierno de España, amigo del régimen de Teherán, sigue haciendo gala de un silencio atronador y obvia términos como “terrorismo” o “exterminio” contra la población civil. Tanto y tan bien lo hace nuestro presidente, que hasta le felicitan formalmente desde Irán, llegando incluso a colocar su efigie en los misiles iraníes; fiel retrato de un “ser de luz” tan familiarizado con la muerte como con las tumbas.
Dicho todo esto, ¿qué debe prevalecer: el derecho
internacional o la defensa universal de los derechos humanos? ¿Qué valor tiene
un marco jurídico internacional si se aplica de forma arbitraria? ¿Están
justificadas las intervenciones bélicas contra los infractores de los derechos
humanos?
No tenemos respuestas claras, más aún cuando la
doctrina jurídica internacional no prevé el ataque preventivo sin la debida
legalidad. Pero quedarse de brazos cruzados y ladrar por ladrar desde la esfera
política internacional, sin adoptar medidas concretas frente a la vulneración
de los derechos humanos, suele entrañar mayores riesgos que una intervención a
tiempo. Más aún cuando, paradójicamente, “la ley que ampara al criminal se
convierte ella misma en crimen”, tal como advirtió el dramaturgo Bertolt Brecht
(1898-1956), marxista, exiliado del nazismo y profundamente comprometido en la
lucha contra el fascismo.
Mientras la cloaca política de la inmundicia se aferra
a la coartada del derecho internacional y sacan la cartita de la ONU en el
“genocidio” de Gaza, esa gran reserva fecal de algunos de sus dirigentes en
países como España es la misma que evita pronunciarse sobre el exterminio
silencioso en África, la opresión y el exilio de millones de personas en las
dictaduras de Latinoamérica o la ejecución indiscriminada de civiles en Irán,
perpetrada, no lo olvidemos, por un miserable puñado de fanáticos religiosos y terroristas.
Ser rebelde no es aquel que dice “no [a la guerra],
sino aquel que dice sí a una dignidad que la ley, cuando se pervierte, ya no
garantiza” (Camus, 1913‑1960).














