El pasado 27 de enero el Gobierno aprobó por vía de urgencia la tramitación de un proyecto de Real Decreto sobre la regularización masiva de medio millón de inmigrantes, aunque esa cifra podría ser mucho mayor. Se calcula que la medida permitirá legalizar a unas 800.000 personas que actualmente carecen de permiso de residencia.
Como en tantas otras ocasiones, la medida no pasó por la convalidación parlamentaria en el Congreso, ya que Junts podría haber tumbado cualquier reforma de la Ley de Extranjería contraria a sus intereses políticos y, sobre todo, partidistas. Más aún, cuando la líder independentista de Aliança Catalana, Silvia Orriols, viene atizando de lo lindo en las encuestas y comiendo mucho terreno al "indepe" de Waterloo". Y ya sabemos que la noia Silvetta no es que sea precisamente muy partidaria de facilitar la entrada de inmigrantes en Cataluña; más bien todo lo contrario. Su postura contra la inmigración es uno de los asuntos prioritarios en su discurso político y una de las razones de su fulgurante ascenso en las encuestas. Puigdemont lo sabe y Sánchez también. Así que, dada la aritmética parlamentaria, el Gobierno ha preferido apoyarse en Podemos para sacar adelante la regularización masiva de inmigrantes en situación irregular. Ya veremos si con el tiempo y una caña, el prófugo de Junts no termina aceptando pulpo como animal de compañía y cede a cambio de alguna competencia que otra como contraprestación a la aplicación de la medida: inmigrantes sí, pero no en Cataluña.
La cesión del Ejecutivo a Podemos llega en un momento de extrema debilidad para un Gobierno cercado por la corrupción y en horas muy bajas tras el accidente de Adamuz y el monumental batacazo electoral en Extremadura. Podríamos considerar la regularización, junto con el galimatías de la revalorización de las pensiones y el “escudo social”, como una maniobra de distracción de cara a la opinión pública. Es decir, una cortina de humo más que impida ver las deficiencias de un Gobierno que lleva mucho tiempo moviendo la bolita del trile y dando palos de ciego.
Pero el trasfondo
del asunto va mucho más allá. Y es que, tal y como apunta el PP, la
regularización podría alterar el censo electoral de cara a próximos comicios
municipales. Supuestamente, el voto inmigrante beneficiaría a la quinta columna
de la izquierda en algunas circunscripciones locales, según el relato de los populares. Otros más a la derecha, ven en la regularización la sombra de una invasión encubierta. Tal
vez las dos derechas tengan razón y no haya más ciego que el que no quiera
verlo.
Pero aún hay más: la izquierda radical pretende que los regularizados también puedan votar en unas elecciones generales. Su objetivo es cambiar el mapa electoral a golpe de inmigrante, apelando incluso a la teoría del reemplazo, “barriendo de fachas y de racistas este país con gente migrante, sea china, negra o marrona”. Eso ha dicho Irene Montero desde esa infinita miseria humana que la caracteriza.
Aquellos que intuíamos que eso del reemplazo era cosa de la derecha, de la inteligencia artificial, en definitiva, de una gran conspiración de los tecno-oligarcas, resulta que no, que el reemplazo es cosa de la izquierda caviar, cuya inteligencia es la misma que la de un mosquito sobrevolando una autopista en una noche de verano durante una operación salida. No cabe un tonto más.
La medida es,
cuando menos, temeraria. La han aprobado a tientas, sin luces (ni taquígrafos),
con una venda en los ojos, jugando a ver qué cae de la piñata. Pero en lo que no
han reparado ni unos ni otros en esa izquierda tan “progresista” es que la
regularización masiva, más allá de ser una maniobra electoralista o una cortina
de humo, es, además de cínica, contraria a los intereses de aquellos que dicen
defender. Y es que una regularización de inmigrantes sin una evaluación mínima
de sus consecuencias puede ser catastrófica, ya que se pone en riesgo la
economía, la seguridad y la cohesión social. Veamos:
A los ya de por sí saturados servicios públicos como la sanidad, una llegada descontrolada de inmigrantes podría generar, adicionalmente, una mayor precarización en el mercado laboral, perjudicando no solo a la clase trabajadora autóctona, sino también a los inmigrantes ya sean regularizados o no. Por no hablar del acceso casi inmediato a las ayudas públicas --como el IMV-- y el esfuerzo fiscal que supondrá a las ya castigadas costillas de los asalariados españoles.
Huelga decir que un flujo incontrolado de inmigrantes supondría, además, un grave riesgo para la seguridad ciudadana, además de provocar un aumento de las redes criminales de tráfico ilícito de personas procedentes de África.
Desde el punto de vista social, la regularización indiscriminada desincentiva una integración ordenada y refuerza el discurso de la extrema derecha hasta el paroxismo, intensificando una confrontación identitaria sin precedentes. En resumen, más resentimiento y mayor polarización.
Se mire por donde
se mire, la estrategia de inundar el país con una regularización masiva solo
persigue la política del caos. Es a todas luces una medida democráticamente
insana, sin debate previo, sin consenso político y sin una planificación previa
sobre el impacto que supone. Y todo ello con un único fin: la confirmación de
una nueva base electoral para perpetuarse en el poder a cualquier precio, sin
importarles ni un pimiento la economía, la seguridad o la supervivencia de la
cohesión social.
En definitiva, un ejemplo más de la bancarrota de la ética de un gobierno cegado por la erótica del poder. Es el “todo vale” de estos tiempos de penumbra en los que acechan sombras “marronas”. Mientras tanto, en otros países europeos se apuesta claramente por endurecer los requisitos de entrada y de ciudadanía de los inmigrantes. Vayan tomando nota.













