Saturday, January 24, 2026

Felipe VI, el Rey-tenido

A estas alturas, deberíamos saber que, según el artículo 56.1 de nuestra Carta Magna, “el Rey es el Jefe del Estado y símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes”.

Nadie, por lo tanto, debería poner en duda su neutralidad en el funcionamiento de las instituciones.  Sin embargo, a raíz de su intervención en la X Conferencia de Embajadores en Madrid, esa imagen nítida de lo que debería ser su papel como jefe del Estado se ha visto emborronada, hasta tal punto que se ha puesto en jaque su neutralidad por no pocos columnistas. Y no es para menos, porque la instantánea de sus reflexiones en torno a la calificación de los presos políticos en Venezuela coincide con la del presidente del Gobierno. Ambos se han referido a los presos españoles del régimen del dictador Maduro como simples “retenidos”, sin pronunciarse, además, sobre las atrocidades y la vulneración de los derechos humanos perpetrados por el régimen bolivariano.


Es inadmisible e inaceptable que el jefe del Estado se someta a las cabriolas argumentales del ejecutivo a fin de no perjudicar las presuntas conexiones del PSOE y de la extrema izquierda con Venezuela, y actúe como “colaborador necesario” en el blanqueamiento de la dictadura venezolana. Y, por si fuera poco, todo ello aderezado con la interesada alusión del monarca sobre la “conculcación sistemática” del Derecho Internacional.

No cabe mayor hipocresía ni mayor sumisión por parte de la Casa Real a un gobierno que, como él, obvia la vulneración de los derechos humanos y minimiza con su silencio la gravedad de las atrocidades del régimen autoritario de Chávez y Maduro en el último cuarto de siglo –que se dice pronto–: detenciones arbitrarias, torturas, desaparecidos, miseria, hambre, asesinatos y millones de exiliados. Cabría, entonces, preguntarse, si a juicio del monarca, la acusación de narcoterrorismo y de crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen comunista y bolivariano están o no vinculados con las violaciones del Derecho Internacional. 

El Rey no sólo está distanciado de la realidad social española, tal y como demostró en su última alocución navideña, sino que, además, sus “reflexiones” revelan, cuando menos, un sesgo ideologizado e incluso cierto tufo doctrinal en algunas de los asuntos relativos a la geopolítica y a la seguridad global. Por no hablar de sus últimas declaraciones a los medios de comunicación sobre la reciente tragedia de Adamuz y la tan positiva y tan politizada– valoración que hace in situ sobre las infraestructuras a pesar de algún que otro accidente; algo mucho más propio de un ministro a sueldo que de un monarca y que, francamente, resulta bastante incongruente y contradictorio. Más aún si tenemos en cuenta la opinión de los expertos al señalar que la tragedia de Adamuz se debió al abandono progresivo de la seguridad de la red ferroviaria y a la falta de inversión en su mantenimiento. 

Todo indica que nuestro entrañable rey está sometido por Moncloa desde el vergonzoso episodio de Paiporta y que, desde entonces, sus discursos e intervenciones públicas no son sino proclamas al dictado del sanchismo o, en su defecto, del puño y letra de un tal Camilo Villarino, Jefe de la Casa de su Majestad El Rey. ¿O acaso hay alguien más que susurra al Rey en cada discurso? Se me ocurre aquello que se dice de los jugadores de fútbol cuando no dan pie con bola y se habla de su entorno. Correremos de momento un tupido velo y evitaremos echar más leña al fuego, porque hablar de su querida esposa en todo este entuerto se me hace bola. Así que, de momento, punto y aparte.

Al rey se le reclama diligencia y saber estar ante la sociedad española y, últimamente, no parece que esté dedicado en cuerpo y alma ni a una cosa ni a la otra. El discursito sobre Venezuela pasa de castaño oscuro y no parece que quien nos hable sea digno representante de la Corona española, sino más bien un camello del cártel de los Soles.

Esperemos que, por su bien, cuando caiga la dictadura en Cuba no tengamos que calificar su alocución como insólita y mucho más propia de una jinetera en La Habana que de un rey al servicio de España. No adelantemos acontecimientos y roguemos al destino que, para entonces, su Majestad haya sabido cómo liberarse ambas muñecas de los grilletes del sanchismo. Ora pro nobis.


Thursday, January 1, 2026

España, ceremonia de cuerpo presente

La muerte de España como nación democrática viene de lejos. Para encontrar los primeros signos de decrepitud hay que remontarse al año 2006, cuando el Gobierno de Zapatero intentó inscribir en mármol las primeras sílabas del epitafio de la Constitución del 78. Lo hizo con aquel infame Estatut catalán con el que España recibía un certero disparo por la espalda. Años más tarde, en 2017, se consumó el segundo atentado contra la unidad territorial del Estado con la fallida Declaración unilateral de independencia de CataluñaEspaña entró en parada cardíaca durante 44 segundos. Se salvó de milagro gracias a la rápida intervención del Tribunal Constitucional, pero, desde entonces, sobrevive en estado comatoso a merced de los extorsionistas del independentismo catalán, liderados desde Waterloo por un prófugo de la justicia.

Actualmente, por “capricho” de la aritmética parlamentaria, gobierna un desalmado socialista que ha mutado—aún más—la naturaleza primigenia del partido socialista sobre la cuestión de la unidad territorial, cediendo a las exigencias del radicalismo catalán y haciendo propia la bandera del odio contra la nación española. Esclava de, digamos, un pretendido progresismo, a la España democrática le quedan dos telediarios. Ahí está, a la vista de todos, desangrándose ante la mirada afilada de sus verdugos y la pasividad de, digamos también, sus pretendidos defensores.

España ya no es una nación, ni siquiera una postnación en el sentido que Habermas otorga al término, donde la identidad cultural o étnica se diluye en favor de un proyecto común basado en principios democráticos y fundamentales dentro del marco legal de una constitución. No, España es casi un cadáver; un territorio fracturado donde el concepto de la soberanía compartida ha sido sustituido por el de su disolución y el saqueo institucional. La postnación habermasiana requería, al menos, de un marco de derechos y libertades respetado por todos. Pero ya no existen marcos que valgan, solo restos. Los nacionalismos periféricos han devorado la idea misma de España, mientras el gobierno socialista, lejos de defenderla, negocia con los sepultureros el reparto de sus despojos. España agoniza víctima de un puñado de mequetrefes separatistas y de una izquierda lúgubre y tenebrosa; rodeada de sombras goyescas que sofocan la luz del entendimiento y el acuerdo común entre españoles.

Ante tal panorama no resultaría difícil imaginar las exequias de nuestra querida España en un improvisado velatorio del Salón de los Pasos Perdidos del Congreso. En su lecho de muerte rezarían por su alma figuras enlutadas: plañideras conservadoras de rosario en mano y patriotas del tres al cuarto cegados por el humo de los hachones. En la cabecera, el Presidente del Gobierno fingiría la gravedad del duelo. Al fondo, vuelto de espaldas, el Rey.

La mortaja de España exhibiría con deshonor una oscura túnica, tejida a mano por el mismísimo Tribunal Constitucional. No sorprendería que su féretro estuviera cubierto con la enseña de lo que para algunos fue el símbolo de la discordia y desfilara por la capital del Reino entre el ruido de sables y el murmullo de traiciones, ahogadas por el grito de independistas y el abucheo de radicales socialistas y comunistas.

Fiel a su propio esperpento, el entierro de España no sería un acto solemne. No habría honores militares ni discursos emocionados, sino tuits vacíos y memes de España subiendo a los cielos, a la derecha de Dios o de Franco. Tampoco habría luto nacional, porque ya no quedaría nación que llorar. España sería enterrada en una fosa común junto a otros Estados fallidos del siglo XXI, víctima de sus propias contradicciones y de la cobardía de quienes pudieron salvarla y no lo hicieron.

Requiescat in pace.

Friday, December 5, 2025

La democracia de la facha-da

No hay explicación racional que justifique el proselitismo del partido socialista que no pase por su propia supervivencia política. Lo que comenzó como una coalición de conveniencia entre fuerzas dispares ha evolucionado en una maquinaria de control institucional sin precedentes. Su propósito es muy claro: acabar con la separación de poderes y someterla a los designios del poder ejecutivo bajo la coartada de "la soberanía popular"; alegato que no deja de ser una definición desajustada de la realidad, pues en España no existe una soberanía popular como tal, sino una soberanía nacional que reside en el pueblo y cuyo poder es representado en las instituciones.

El objetivo de este nuevo “frente popular”, comandado por el gallinero del progresismo 2.0, donde cohabitan socialistas, filocomunistas, soberanistas catalanes y hasta algún cipote supremacista vasco de los de Parabellum 9mm, no es otro que el de la urgente demolición de la democracia española. Para ello cuentan incluso con la connivencia de Cándido Conde-Pumpido, presidente del Tribunal Constitucional, que actúa como un tribunal de casación bajo el mando del sanchismo y no como un órgano imparcial en la asesoría de los resortes de la Constitución. ¡Casi ná al aparato! El gobierno del Sánchez lo tiene todo atado y bien atado, que diría Franco. Y es que bajo el convencimiento de su tiranía ha “confiscado” las Cortes, la Fiscalía General del Estado, el Tribunal Constitucional y otras tantas instituciones públicas que operan arbitrariamente bajo el escarnio sanchista. 

Hasta ahora ha conseguido lo impensable: subordinar el Estado de Derecho a sus intereses partidistas y a su propia supervivencia personal y política. Para ello ha tejido una red de influencias que estrangula la separación de poderes y, además, mantiene bajo férreo control los engranajes más sensibles de la administración pública. Ya no se trata solamente de una deriva autoritaria al uso, sino de algo mucho más sutil: la perversión sistemática de las reglas del juego.

El secuestro a la democracia no se consumará con tanques en la calle, sino a golpe de decreto, con nombramientos a medida y una retórica sincronizada entre el aparato de Ferraz y los medios afines plagados de periodistas ensobrados que ya criminalizan al “disidente”, al fascista o al ultraderechista, según convenga. Y es que para la prensa del régimen ya no hay vida más allá de las cavernas del mal llamado progresismo.

El ultimo episodio en este continúo asalto a la democracia ha sido acusar al Tribunal Supremo de golpista y franquista. En esta ocasión han sido los cachorros del populismo radical de la extrema izquierda, los que en nombre de su vicepresidenta segunda y tras conocer la condena por revelación de secretos al ya ex fiscal general, Álvaro Ortiz, han apelado a la movilización en las calles en defensa de la democracia.¡ Hay ver lo que le dice la sartén al cazo! Y es que les sirve cualquier pretexto, por irracional que sea, para tensionar y polarizar aún más a la sociedad española, incluso a expensas de poner en riesgo su convivencia. No importa, todo vale.


El resultado de todo esto es una democracia de fachada, donde las urnas son sólo el prólogo de un expolio legalizado. España merece algo mejor que esta gran farsa. Recuperar el sentido común y la independencia de los poderes públicos no es una opción, sino una obligación si queremos evitar la defunción de nuestra Constitución, sí la del 78, la de la convivencia y la garantía del Estado.

La historia los juzgará, pero, mientras tanto, la ciudadanía no puede permanecer mucho más bajo los efectos del cloroformo. Debemos de una vez por todas despertar del estado lisérgico en el que nos hallamos. Solo así, seremos conscientes de lo que realmente está pasando delante de nuestras narices y de la enorme gravedad de la situación, porque a estas alturas urge reivindicar la defensa del orden constitucional sin paños calientes, sin tapujos y sin prejuicios. De lo contrario, correremos el riesgo de meternos en un callejón sin salida o, mejor dicho, de no salir nunca de él.

 

Wednesday, November 19, 2025

Golpistas y mercachifles

Llegamos al ecuador de la legislatura con una España sumida en una versión sucedánea del progresismo, que poco o nada tiene que ver con los estándares democráticos. Y a es que a estos sacamantecas de tres al cuarto no se les ha ocurrido otra cosa que provocar la parálisis permanente de las instituciones y socavar la democracia colocando dinamita en los pilares de la Constitución Españolala suficiente para que el Estado de Derecho salte por los aires el día menos pensado. No hay explicación racional que justifique tal voladura, salvo la de cambiar las reglas de juego para perpetuarse en el poder.

El absoluto desprecio por la democracia, la violación de la Constitución, la colonización de las instituciones, principalmente la del Poder Judicial, y la imperiosa necesidad de promoverlo todo en la prensa oficial del régimen son las líneas de actuación desde las que el Gobierno de España demuestra una notable propensión al golpe de estado para seguir gobernando.

Tras siete años de gestión al frente del Gobierno de gente de mal vivir y demás mercachifles, hemos visto cómo se degradaba el equilibrio de todos y cada uno de los mecanismos democráticos. En el ejercicio de actividades flagrantemente golpistas se enmarca la ausencia de transparencia y control democrático; los continuos intentos por cargarse la separación de poderes y la instrumentalización de los tribunales y, en particular, la del Tribunal Constitucional, que han servido de fortín para blindar judicialmente los desmanes del ejecutivo y sus adláteres. A la vista de todos está; otra cosa es que el profundo sectarismo que profesan algunos les impida verlo. Es lo que tiene vivir con la venda puesta y preciarse, como diría Quevedo, de las cosas del culo.

Los que aún conservamos la vista (y el trasero), a Dios gracias, observamos, entre el escepticismo y la indignación, que el asedio a las instituciones está intrínsecamente ligado a un fenómeno altamente pernicioso: la "presunta" corrupción política. Y ojo, porque no parece, desde luego, que solo sea un problema aislado o neutralizado, sino más bien una red sistémica normalizada que pervierte el control de las administraciones. Y lo más execrable: frente a la mayor degradación ética y moral de la política en su máximo exponente, la aportación de una parte del periodismo es doctrinal al régimen.

El oficio de algunos periodistas, encamados con el gobierno, es negar lo evidente, distorsionar contextos de manera perversa, manipular y tergiversar los argumentos e intoxicar constantemente a la opinión pública. El periodista afecto al régimen ha prostituido hasta tal punto su profesión, que justifica lo injustificable; reduce la información a un intercambio de consignas oficiales e, incluso, promueve manifiestos contra la libertad de prensa. Lo nunca visto. 

Asistimos, pues, a un intento golpe de estado, silencioso, sutil, sin violencia, pero con la ingeniería jurídica como instrumento de combate y la prostitución de buena parte del periodismo como detonador. Esta crisis no es sólo política, sino también moral. Si aceptamos que el fin justifica los medios, que la lealtad a un líder está por encima de los hechos o que las instituciones son botines de guerra, estaremos firmando el acta de defunción de un sistema que, con todos sus defectos, ha garantizado libertades y derechos. La pregunta no es si nuestra debilitada democracia superará esta encrucijada, sino cómo lo hará. De la elección de una u otra respuesta, si es que la hay, dependerá el futuro que nos merecemos.


Saturday, November 1, 2025

LA EXTREMA DERECHA: ¿FASCISTAS O REBELDES?

El nuevo paradigma político se caracteriza por la influencia de nuevas agendas globales en detrimento de las categorías ideológicas habituales. Desde hace ya algún tiempo, los principales partidos políticos han comenzado a redefinir sus bases ideológicas y su relación con los votantes mediante la incorporación al discurso de herramientas identitarias asociadas al desafío del mal llamado “progreso” global. 

Hay, por lo tanto, una desnaturalización del orden ideológico en el que trascienden las divisiones clásicas entre la derecha y la izquierda. Es decir, estamos ante una deconstrucción política en toda regla, y en cuyo proceso se observa cómo se ha incorporado al discurso político un marco identitario global con el que atraer a un electorado más diverso y menos homogéneo. Sin embargo, hay partidos de extrema derecha que se resisten a abandonar la dicotomía tradicional en el ámbito político y que ponen en solfa la naturaleza de dichos asuntos.

Pero, ¿qué consecuencias o cuáles son los riesgos que podemos identificar en este nuevo paradigma? Veamos:

Mientras la izquierda y la derecha europea abrazan el “wokismo” bajo el paraguas de los derechos humanos como parte de un discurso integrador, la estrategia discursiva de la extrema derecha combina elementos más radicales contra esas nuevas identidades políticas y denuncia, por un lado, su exclusión del debate con la imposición de cordones "sanitarios" y, por otro, advierte de la alienación de la derecha y la izquierda tradicionales.

No podemos decir que el fenómeno antipolítico de la extrema derecha y también de otras combinaciones populistas no haya ido ganando terreno en los últimos años. Más bien todo lo contrario. Sirva como ejemplo, sin ser una cosa y la otra, el caso de Milei en Argentina y su defensa de lo antipolítico. La implementación de una economía liberal minarquista en un estado democrático y la reconstrucción de la idea tradicional del Estado, reduciéndolo a su mínima expresión, ya está dando sus primeros frutos en términos macroeconómicos.

Es muy posible que estas alternativas políticas sigan ganando cotas de poder en los próximos años. Más aún, y con más razón, si los partidos mayoritarios de derecha e izquierda siguen insistiendo en representar conjuntamente los intereses de agendas globales en detrimento de las necesidades reales de la ciudadanía. A pesar de la estrategia política de la izquierda y la derecha por desprestigiar y vilipendiar a los partidos de extrema derecha, el resultado no ha sido ciertamente el esperado. Véase el caso de Trump en los Estados Unidos o el ya mencionado de Milei.

En Europa el crecimiento exponencial de partidos como Vox y SALF en España, Rassemblement National en Francia, Fratelli D’Italia en Italia, Alternative für Deutschland en Alemania es inevitable. Por mucho que la derecha y la izquierda se empeñen en tildarlos como partidos fascistas, reaccionarios, negacionistas y a sus electores como peleles potencialmente desinformados, el esfuerzo será en vano mientras una buena parte del electorado vea en la izquierda y en la derecha a meros representantes de agendas al servicio de las grandes élites de poder. 

El éxito de estas alternativas políticas estriba, por una parte, en que buena parte del electorado ve cómo los partidos mayoritarios no satisfacen sus demandas y, por otra, generan una profunda desconfianza en la ciudadanía cuando se observa que son las agendas globalistas las que, sin un debate previo político, toman decisiones de facto al margen del control ciudadano y con la connivencia política.

Y, en efecto, son las agendas globales, entre otras, la del Foro Económico Mundial, la del G7, la del G-20, o la del Foro de Davos –donde más allá de su programa oficial–, rediseñan sus agendas económicas entre bambalinas y ponen bajo sospecha pactos espurios entre las élites financieras y la clase política.


Lo que queda en evidencia es, por lo tanto, una desconfianza de la ciudadanía como consecuencia lógica de la política creada entre grupos mayoritarios que sostienen y representan intereses económicos globales sin un control democrático. Dicho de otro modo: la ciudadanía percibe que la realidad política no representa sus intereses, sino la de los pingues beneficios económicos de las grandes élites.

Y es, precisamente, éste el discurso político que acompaña a los extremismos y populismos por toda Europa y que cala muy hondo en la ya de por sí muy desengañada ciudadanía. El riesgo, pues, es evidente tanto en el nuevo paradigma político como en de las fuerzas en el extremo del tablero, porque desde ambos lados se induce a la polarización como elemento de combate. 

El continuismo de las agendas globales bajo la sombra sospechosa de una estabilidad económica y social, y frente a ella la rebeldía de los partidos de la extrema derecha puede terminar saltando por los aires, sobre todo cuando desde ambos lados de la trinchera se genera una "cultura" cada vez más hostil entre unos y otros e impropia de la defensa de los valores y principios que dicen sostener. Cabría recordar a este respecto que la disociación de un marco integrador europeo es cada día más elocuente y la línea entre la convivencia y el enfrentamiento cívico cada vez más delgada

Sunday, October 12, 2025

Sectarismo en estado puro: la canibalización de la democracia occidental

He de reconocer que me asombra, cada día más, cómo se verbaliza el gran artefacto de la miseria política y cómo una gran parte de la opinión pública sucumbe a ese entramado de medias verdades o falsas promesas. Lo que era y sigue siendo la fórmula habitual de las campañas electorales, ahora se extiende como una epidemia más allá del “obligado” contexto electoral. Y todo esto no sería anecdótico (ni nada novedoso) si no fuera porque el actual relato político es, en buena parte, responsable de la pérdida permanente e irreversible de una opinión pública, cuya reflexión individual es inexistente o está subordinada a las estructuras de poder en todos sus ámbitos, incluido el de la capacidad mediática como gran herramienta de persuasión. 

Nos llevaría mucho tiempo examinar toda la “logística” en la cadena de transmisión del discurso político. Sin embargo, no es difícil comprobar cómo gran parte de la ciudadanía se ha convertido en un simple constructo de seducción del relativismo político. En otras palabras: los mass media fomentan que se repita como cacatúas lo que se dicta desde la esfera política, sin mayor convencimiento o reflexión que la de su propio pulso ideológico. Dicho de otro modo, replican con absoluto convencimiento el hilo argumental político en una suerte de trance dogmático. Es decir, sectarismo en estado puro. Y aquí subyace lo novedoso y también lo peligroso del asunto.

Es tal la sumisión del pensamiento crítico al imperio del dogmatismo político, que no ya no nos extraña que la enajenación colectiva se haya apoderado de la sociedad hasta tal punto que ahora el Otro es el enemigo a batir: “si no estás con nosotros, estás contra nosotros”. Como tampoco es de extrañar que la actual polarización que sufre gran parte de la sociedad occidental,  tenga su génesis en el yugo de la subordinación política. No hay que ser un sesudo analista político para caer en la cuenta de que la polarización se alimenta de los extremismos identitarios y, en particular, de la extraordinaria ceguera que presenta buena parte de la sociedad.

Es precisamente esa ausencia de una mirada individual, reflexiva y crítica sobre la perversidad del discurso político lo que ha favorecido que la sociedad se divida en dos mitades, criminalizándola y estigmatizándola a partes iguales, tanto desde el discurso oficialista como desde el discurso opositor, aunque en el caso de España –si se me permite la digresión–, recaiga mayor culpabilidad en el primero que en el segundo, pues no olvidemos que el gran arquitecto del muro español se esconde en las trincheras socialistas desde el mismo día de su investidura.

Habría que retrotraerse a tiempos más oscuros de la historia para examinar qué consecuencias conlleva el abrazo al dogmatismo político y la consiguiente pérdida del juicio colectivo (léase sectarismo). Bastaría con echar una mirada a la Alemania de Hitler y a la Unión Soviética de Stalin para darse de cuenta de cuál fue su desenlace. Desde un prisma más actual, si observamos la división social (y tremenda polarización) que ha desatado la América woke de Biden; la ultranacionalista de Trump o la España socialista (y comunista) de Sánchez y sus “aliados”, por citar solo algunos ejemplos, encontraremos bastantes paralelismos con aquellas cenizas del pasado, algunos de ellos verdaderamente ilustrativos. 

La antesala de la actual polarización en las democracias de Occidente, fruto del dogmatismo político y del sectarismo, es la expresión de extremismos en un caótico “todos contra todos”: los republicanos contra los demócratas; los de la izquierda contra los de la derecha; el feminismo radical contra el más tradicional; los blancos contra los negros; los españoles contra los inmigrantes… etc. Todos estos y otros “bandos” (seguramente que el lector tiene en mente muchos más) abonan el terreno de lo irreconciliable, al mismo tiempo que el mantra  dogmático sigue nutriéndose del individuo que antepone su mirada crítica o reflexiva a la ideología y termina por echarse en brazos del sectarismo.

Vivimos bajo la colonización de una narrativa política muy propensa al tribalismo o, si se quiere, a un atavismo primitivo que canibaliza la convivencia social. La espiral de la polarización sigue su curso, devorando al individuo y, en términos generales, a la opinión pública que ha abandonado el sano ejercicio de reflexionar y ser crítica, entregándose al dogmatismo político promovido por las celdas mediáticas y las redes socialesSi en Occidente no somos capaces de discernir las verdades de las falsas promesas; el sectarismo dogmático de la tolerancia hacia el Otro; o el autoritarismo colectivo de la libertad individual, lo que estará en jaque será la continuidad de una lógica democrática en todo Occidente. Es cuestión de tiempo. 

Wednesday, September 24, 2025

La política del fetichismo y la tribu del "todo vale"

La política actual es un campo minado donde los hechos pesan menos que las emociones y donde la lealtad a un líder justifica cualquier contradicción. Cuando una parte de la sociedad asume que “su bando” nunca miente pase lo que pase–, el diálogo democrático se reduce a un intercambio de consignas y se convierte en una política fetichista. Es decir, la política deja de ser un espacio de debate sobre ideas para convertirse en la adoración acrítica de símbolos vacíos, y se reduce a una suerte de ritual de lealtad tribal mediante la repetición de eslóganes o de continuas descalificaciones con las que poder reafirmarse en una identidad concreta que, muchas veces, ni se cuestiona y, en otras tantas, se fabrica desde la narrativa del falso relato. Es entonces cuando la política se alimenta del culto a lo irracional: se mitifica el relato y se obvia la realidad. La insana intención es concurrir al “debate” a través de la demonización mutua entre la izquierda y la derecha en una constante guerra de etiquetas: la progresía versus la fachoesfera; el wokismo frente al anti-wokismo; la Agenda 2030 contra el negacionismo del cambio climático o el “genocidio” en Gaza frente al derecho de Israel a defenderse contra Hamás. Estas dicotomías no son sino rótulos que solo sirven para movilizar y exaltar a sus tribus ideológicas con un objetivo muy concreto: la polarización.


En España, como en otras democracias, la política tribal exige fe, no razonamiento. Se vende el fetichismo de la pertenencia emocional a un “nosotros” virtuoso frente a un “ellos” malvado. El resultado es una opinión pública intoxicada por mitos y nuevas identidades”, donde “el otro bando” es un peligro para la democracia y no un adversario legítimo. Parte del éxito en ese relato estriba en la capacidad de defender lo indefendible sin ningún tipo de cortapisa moral o ética. Todo vale: desde la agitación popular como coartada para disimular las vergüenzas políticas hasta la legitimización de la violencia callejera como muestra de la “libertad de expresión” del pueblo. En otras palabras: el control de las masas al servicio del totalitarismo político. Esto ya lo hemos visto enarbolando banderas palestinas.

No es extraño que haya una parte muy significativa de la ciudadanía que esté desencantada de la política y que alcance niveles ciertamente preocupantes. La abstención crece, los populismos se nutren del malestar y hasta las soluciones autoritarias ganan atractivo para quienes ven la democracia como una herramienta inútil. Es un círculo vicioso en constante contradicción: cuanto más se legitiman las bondades democráticas, más terreno ganan quienes prometen arrasarla en nombre de una supuesta regeneración.

El poder como pretensión de ejercerlo contra el otro en nombre del colectivismo o el populismo violento en nombre de la libertad es sinónimo de totalitarismo. Como también lo es la perversión del debate político en meras etiquetas de señalamiento para convertir al “otro” en enemigo del interés común y, cómo no, de la democracia. Trasladar este principio polarizador a la ciudadanía para deslegitimar, cancelar o anular a quien no piense igual es la antesala del fascismo. Hoy se censura al “otro” y mañana se le asesina. Y lo peor de todo: se justifica su asesinato. Esto también lo hemos visto.

Para revertir esta situación es urgente recuperar el debate democrático con mayúsculas y evitar la patente política como fórmula de polarización. No cabe duda de que el ejercicio de la política del fetichismo es, en buena parte, responsable del deterioro de nuestra democracia y de una más que posible degradación de la convivencia. De no hacerlo, las consecuencias serán imprevisibles e incluso irreversibles. Mucho me temo que esto también lo veremos.