Saturday, January 24, 2026

Felipe VI, el Rey-tenido

A estas alturas, deberíamos saber que, según el artículo 56.1 de nuestra Carta Magna, “el Rey es el Jefe del Estado y símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes”.

Nadie, por lo tanto, debería poner en duda su neutralidad en el funcionamiento de las instituciones.  Sin embargo, a raíz de su intervención en la X Conferencia de Embajadores en Madrid, esa imagen nítida de lo que debería ser su papel como jefe del Estado se ha visto emborronada, hasta tal punto que se ha puesto en jaque su neutralidad por no pocos columnistas. Y no es para menos, porque la instantánea de sus reflexiones en torno a la calificación de los presos políticos en Venezuela coincide con la del presidente del Gobierno. Ambos se han referido a los presos españoles del régimen del dictador Maduro como simples “retenidos”, sin pronunciarse, además, sobre las atrocidades y la vulneración de los derechos humanos perpetrados por el régimen bolivariano.


Es inadmisible e inaceptable que el jefe del Estado se someta a las cabriolas argumentales del ejecutivo a fin de no perjudicar las presuntas conexiones del PSOE y de la extrema izquierda con Venezuela, y actúe como “colaborador necesario” en el blanqueamiento de la dictadura venezolana. Y, por si fuera poco, todo ello aderezado con la interesada alusión del monarca sobre la “conculcación sistemática” del Derecho Internacional.

No cabe mayor hipocresía ni mayor sumisión por parte de la Casa Real a un gobierno que, como él, obvia la vulneración de los derechos humanos y minimiza con su silencio la gravedad de las atrocidades del régimen autoritario de Chávez y Maduro en el último cuarto de siglo –que se dice pronto–: detenciones arbitrarias, torturas, desaparecidos, miseria, hambre, asesinatos y millones de exiliados. Cabría, entonces, preguntarse, si a juicio del monarca, la acusación de narcoterrorismo y de crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen comunista y bolivariano están o no vinculados con las violaciones del Derecho Internacional. 

El Rey no sólo está distanciado de la realidad social española, tal y como demostró en su última alocución navideña, sino que, además, sus “reflexiones” revelan, cuando menos, un sesgo ideologizado e incluso cierto tufo doctrinal en algunas de los asuntos relativos a la geopolítica y a la seguridad global. Por no hablar de sus últimas declaraciones a los medios de comunicación sobre la reciente tragedia de Adamuz y la tan positiva y tan politizada– valoración que hace in situ sobre las infraestructuras a pesar de algún que otro accidente; algo mucho más propio de un ministro a sueldo que de un monarca y que, francamente, resulta bastante incongruente y contradictorio. Más aún si tenemos en cuenta la opinión de los expertos al señalar que la tragedia de Adamuz se debió al abandono progresivo de la seguridad de la red ferroviaria y a la falta de inversión en su mantenimiento. 

Todo indica que nuestro entrañable rey está sometido por Moncloa desde el vergonzoso episodio de Paiporta y que, desde entonces, sus discursos e intervenciones públicas no son sino proclamas al dictado del sanchismo o, en su defecto, del puño y letra de un tal Camilo Villarino, Jefe de la Casa de su Majestad El Rey. ¿O acaso hay alguien más que susurra al Rey en cada discurso? Se me ocurre aquello que se dice de los jugadores de fútbol cuando no dan pie con bola y se habla de su entorno. Correremos de momento un tupido velo y evitaremos echar más leña al fuego, porque hablar de su querida esposa en todo este entuerto se me hace bola. Así que, de momento, punto y aparte.

Al rey se le reclama diligencia y saber estar ante la sociedad española y, últimamente, no parece que esté dedicado en cuerpo y alma ni a una cosa ni a la otra. El discursito sobre Venezuela pasa de castaño oscuro y no parece que quien nos hable sea digno representante de la Corona española, sino más bien un camello del cártel de los Soles.

Esperemos que, por su bien, cuando caiga la dictadura en Cuba no tengamos que calificar su alocución como insólita y mucho más propia de una jinetera en La Habana que de un rey al servicio de España. No adelantemos acontecimientos y roguemos al destino que, para entonces, su Majestad haya sabido cómo liberarse ambas muñecas de los grilletes del sanchismo. Ora pro nobis.


Thursday, January 1, 2026

España, ceremonia de cuerpo presente

La muerte de España como nación democrática viene de lejos. Para encontrar los primeros signos de decrepitud hay que remontarse al año 2006, cuando el Gobierno de Zapatero intentó inscribir en mármol las primeras sílabas del epitafio de la Constitución del 78. Lo hizo con aquel infame Estatut catalán con el que España recibía un certero disparo por la espalda. Años más tarde, en 2017, se consumó el segundo atentado contra la unidad territorial del Estado con la fallida Declaración unilateral de independencia de CataluñaEspaña entró en parada cardíaca durante 44 segundos. Se salvó de milagro gracias a la rápida intervención del Tribunal Constitucional, pero, desde entonces, sobrevive en estado comatoso a merced de los extorsionistas del independentismo catalán, liderados desde Waterloo por un prófugo de la justicia.

Actualmente, por “capricho” de la aritmética parlamentaria, gobierna un desalmado socialista que ha mutado—aún más—la naturaleza primigenia del partido socialista sobre la cuestión de la unidad territorial, cediendo a las exigencias del radicalismo catalán y haciendo propia la bandera del odio contra la nación española. Esclava de, digamos, un pretendido progresismo, a la España democrática le quedan dos telediarios. Ahí está, a la vista de todos, desangrándose ante la mirada afilada de sus verdugos y la pasividad de, digamos también, sus pretendidos defensores.

España ya no es una nación, ni siquiera una postnación en el sentido que Habermas otorga al término, donde la identidad cultural o étnica se diluye en favor de un proyecto común basado en principios democráticos y fundamentales dentro del marco legal de una constitución. No, España es casi un cadáver; un territorio fracturado donde el concepto de la soberanía compartida ha sido sustituido por el de su disolución y el saqueo institucional. La postnación habermasiana requería, al menos, de un marco de derechos y libertades respetado por todos. Pero ya no existen marcos que valgan, solo restos. Los nacionalismos periféricos han devorado la idea misma de España, mientras el gobierno socialista, lejos de defenderla, negocia con los sepultureros el reparto de sus despojos. España agoniza víctima de un puñado de mequetrefes separatistas y de una izquierda lúgubre y tenebrosa; rodeada de sombras goyescas que sofocan la luz del entendimiento y el acuerdo común entre españoles.

Ante tal panorama no resultaría difícil imaginar las exequias de nuestra querida España en un improvisado velatorio del Salón de los Pasos Perdidos del Congreso. En su lecho de muerte rezarían por su alma figuras enlutadas: plañideras conservadoras de rosario en mano y patriotas del tres al cuarto cegados por el humo de los hachones. En la cabecera, el Presidente del Gobierno fingiría la gravedad del duelo. Al fondo, vuelto de espaldas, el Rey.

La mortaja de España exhibiría con deshonor una oscura túnica, tejida a mano por el mismísimo Tribunal Constitucional. No sorprendería que su féretro estuviera cubierto con la enseña de lo que para algunos fue el símbolo de la discordia y desfilara por la capital del Reino entre el ruido de sables y el murmullo de traiciones, ahogadas por el grito de independistas y el abucheo de radicales socialistas y comunistas.

Fiel a su propio esperpento, el entierro de España no sería un acto solemne. No habría honores militares ni discursos emocionados, sino tuits vacíos y memes de España subiendo a los cielos, a la derecha de Dios o de Franco. Tampoco habría luto nacional, porque ya no quedaría nación que llorar. España sería enterrada en una fosa común junto a otros Estados fallidos del siglo XXI, víctima de sus propias contradicciones y de la cobardía de quienes pudieron salvarla y no lo hicieron.

Requiescat in pace.